• Ceguera emocional •

© Candidman

Basta una pregunta para saber si una mujer cambiará tu vida para bien o para mal. “¿¡A poco no te gusta Arjona!?”, se sorprendió Isabel cuando le sugerí que no pusiera El problema en la rockola. Apenas acababa de conocerla, porque era amiga de la novia de un colega. Ya con unas chelas encima me besó, pero yo no podía dejar de imaginarla llorando con las canciones del “Serrat de los microbuseros”. Así que esa noche regresé solo a casa. *** “¿Eres bisexual?”, me interrogó Andrea la vez que fui al cumpleaños de Paco. “No manches, por qué me preguntas eso”, reviré. “Pues no sé, mi amiga y yo comentamos que a lo mejor lo eras”, explicó. “Pero alguna razón debe haber”, traté de tomarlo a la ligera. “Bueno, un poco por la forma en que bailas”, dijo. Me pareció una tontería, pero no me ofendí. “¿Y cómo bailo”, cuestioné. “Pues no sé”, otra vez la pinche inseguridad, “lo haces bien para parecer un tipo duro”. Ay wey, no pude evitar un gesto de asombro. Nunca me habían preguntado eso. “Me encantan las mujeres, tu pregunta está fuera de lugar”, aclaré. Sí, también nos besamos y me sugirió que la invitara a mi departamento, pero preferí seguir en la fiesta. *** En otra ocasión, la prima de un amigo intentó ser simpática: “¿Tienes coche o Chevy”? Mala broma para alguien que no soporta las frivolidades. “Prefiero beber que manejar”, contesté con sarcasmo. “¿Y eso qué?”, expresó de la manera más tonta. Era demasiado guapa, pero igualmente vacía. “¿Tu hámster es autista?”, le pregunté mientras señalaba su cabecita. O quizá debí sugerir que sus dos neuronas sanas estaban en huelga. “¿Cómo?”, por supuesto no entendió. Sólo estuve un rato más y me fui a casa a escuchar a Radiohead. *** “¿Por qué gastas tanto en libros?”, fue la duda de Angie, que en realidad se llamaba Angélica. “Por la misma razón que tu gastas tanto en zapatos”, manifesté, “pero con la diferencia de que yo lo veo como una inversión, porque a la larga me beneficiará”. “Ay, eres un tonto”, se lo acepté porque era buenísima en la cama. Lástima que aquello duró poco. *** “¿Nunca te enamoras?”, la duda era de Tania, que besaba como si fuera la recepcionista de un incendio. “El amor apendeja”, fui contundente. “Creo que tienes razón, siempre que me enamoro soy una tonta”, su explicación estaba de más. Y siempre he coincidido con el sabio de Andrés Calamaro:

“Tengo abierto el mini bar y cerrado el corazón”.

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Sin dolor no hay redención. Debes machacarte las alas para aprender a volar. Debes besar el suelo antes de saber aterrizar. Las alas me salieron de forma natural: desde niño volaba lejos, me inventaba historias fantásticas, me impulsan los libros y mi combustible era la imaginación. Mi vida era demasiado miserable como para estacionarme allí. Quién iba a decir que un día me dedicaría a escribir sobre la realidad, cuando me sobraba inventiva. Será que prefiero contar historias cercanas, palpables; será porque no se me dan los finales felices o tal vez se deba a que odio las cursilerías. Reniego de las baladas, detesto los estribillos, odio a los cantantes que entonan rimas de primaria. Será por eso que mis noviazgos no duran mucho. Está claro que las chicas adoran los ramos de rosas, las tarjetas de aniversario, los regalos en su cumpleaños o que las beses en el cine. Creo que no estoy hecho a su modo. No, en realidad es un pretexto que me invento. Supongo que se debe a que padezco el Síndrome de Asperger y que me cuesta trabajo entablar relaciones emocionales. Sí, tengo ceguera emocional. No me compadezco, pero tampoco me odio. He aprendido a vivir con ello. Sí, a veces me quejo, en ocasiones lamento estar solo, pero nadie se muere por extrañar los besos. En ocasiones me deprimo y bebo a oscuras, pero Sabina siempre es buena compañía en casos extremos:

“Cada lunes me cuesta más trabajo,
poner en hora mi caricatura.

Entre la multitud y la locura
mi corazón anda volando bajo.

Sobra bilis y falta desparpajo.

Cuando se va al carajo la cordura,
ayunas, como pan sin levadura,
no trabajan las musas a destajo.

Desde que todo huele a despedida,
ni el salario del miedo me intimida
ni se amansan las fieras con canciones”.

Ahora mismo ni tengo ganas de volar. Diana no regresará y yo me guardé algunos besos y unas cuantas caricias que nunca pude darle.

“Ella no va a volver y la pena me empieza a crecer adentro,
la moneda cayó por el lado de la soledad y el dolor.

Todo lo que termina, termina mal, poco a poco.

Y si no termina, se contamina más, y eso se cubre de polvo”,

resuena esa pinche rola en mi cabeza. Para qué lamentar lo que no supe dar. Para qué añorar algo que nunca más sucederá. Para ser sincero, las cosas no están saliendo como quiero. Y me olvidé de avisarle que la extrañé en año nuevo.

 

Manual para canallas

Roberto G. Castañeda
El Universal
Jueves 15 de enero de 2009

 

© Candidman
Enero 15, 2009.

 

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