• Cicatrices en las alas •

 

© Candidman

“Te lo dije”,  soltó Fabiola, “te lo dije”, repitió. Y Jazmín era lo último que deseaba escuchar. “Ora-que-voy-hacer, manita”, soltó un sollozo. “Mi mamá me va a matar”, añadió Jazmín. Y no, su madre no la iba a matar, pero se presagiaba lo peor. A sus 19 años, la muy tonta estaba embarazada y su novio era un patán. Ella lo sabía, pero no esperaba una respuesta como aquella cuando le dijo que tenían un problema: “¿Tenemos? Es muy tu pedo, eso te pasa por pendeja”, soltó el idiota antes de dejarla con los ojos a punto de llover, “así que mejor ahí muere”. Como si Jazmín hubiera sido la única caliente, como si ella se hubiera metido a su cuarto desnuda con un cartel que decía “soy toda tuya, úsame y deséchame”. De hecho, la chica le advirtió que no podían hacerlo sin condón. “No hay pedo, no pasa nada”, él no quería detenerse. Sí, ambos lo disfrutaron, pero ahora quien lo sufría era ella. Fabiola le había advertido que Jonathan eran un cabroncito, “no mames wey, no seas  pendeja, ese ojete anda con la Karina”.  Jazmín estaba entusiasmada: “me dijo que la va a dejar, que quiere andar conmigo”. Obvio, Jonathan no dejó a Karina y sólo quería acostarse con Jazmín. La chica intentó hacerse la difícil, pero le faltaba malicia. Terminó en la cama. Y ahora estaba embarazada. El mundo parecía girar en su contra. Todos los miedos se asomaron por sus ventanas y todo indica que no hay salida de emergencia. Hija de padres divorciados, con una madre que debía trabajar horas extras, Jazmín tenía que cuidar a sus hermanos, hacer la tarea, pasar los exámenes con nueve para conservar su beca, y encima lidiar con la carencia de afectos. Cuando Jonathan le regaló el peluche con el uniforme de los Pumas, ella se emocionó igual que un niño que recibe un  X-Box 360 en su cumpleaños. Por supuesto, aceptó ser la novia y luego las caricias y el fuego y aquel dolor de las primerizas en la cama. Se acostaron dos o tres veces, hasta que ella comprobó que estaba embarazada. Los sollozos no serán suficientes para sanar su angustia. Demasiadas cicatrices en las alas, suficientes para querer lanzarse de la azotea, las necesarias para llorar en silencio, queriendo que aquello no le estuviera pasando a ella. Las canciones de Zoé le parecieron más tristes que nunca. Sus muñecas quedaron en el olvido. Y Jazmín se preocupa porque decepcionará a su madre, sin darse cuenta que se ha defraudado a sí misma. Si no hubiera hecho esto, si le hubiera hecho caso a su  amiga, si no hubiera ido a esa fiesta. El hubiera no existe, es una quimera.  Lejos, muy lejos, se oye la voz de un cantautor que entona con melancolía:

“¿Nunca te pasa que el techo te aplasta?,
¿que eres una broma que te hace reír?,
¿que vas por las calles de tus caprichos,
más solo que un puercoespín?.

Somos carne, hueso y corazón,
cachivaches del tiempo.

Y no se puede ser serio, no,
si Dios tiene Alzheimer”.

Y una lágrima nueva desencadenará otra vez el llanto.

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Leticia se desmaquilla con desgano. Su blusa desabotonada deja asomar unos senos firmes, que apenas caben en el sostén blanco. Sus ojos almendrados lucen opacos. Apenas son las nueve de la noche, pero ella tiene ganas de tirarse en la cama y despertar hasta mañana. Si no fuera porque Fernando no tarda en llegar y hay que prepararle la cena, ya estaría hasta en pijama. Apenas tiene 25 años, pero Leti se siente como una señora más grande, con una vida ordinaria, con la rutina sentada a la mesa, dando vueltas en la lavadora o en cada arruga que es planchada. Atrás quedaron los años en que soñaba con terminar la carrera de contaduría, porque se enamoró como una tonta del más guapo de sus compañeros. Los dos dejaron la escuela y se escaparon un fin de semana a Guanajuato. De regreso ella no tuvo cara para enfrentar a sus padres, así que se fueron a vivir con sus suegros. Allí llevan cinco años. Su marido trabaja de asistente en un despacho. Ella es secretaria de un funcionario. Lo que ganan entre ambos no alcanza para vacaciones, ni para pagar en abonos un departamento. Apenas tienen para completar la mensualidad del coche. No es el cansancio lo que la abruma, sino el desencanto. Ya no está tan enamorada y la pasión quedó arrumbada en el armario. Además, en la oficina hay un licenciado que siempre le tira la onda y le parece guapo. “Aunque sea casado, yo sí me lo tiraba”, le comentó el otro día una de sus compañeras. Leticia se sorprendió al sentirse ruborizada. Ya son dos las veces que sueña con él y despierta humedecida por el deseo. Una madrugada incluso se despertó agitada. Abrió los ojos en la oscuridad de la recámara. Sintió escalofríos, extrañó un abrazo cálido y se desanimó al escuchar los tenues ronquidos de Fernando. Se sintió vulnerable, igual que un ciego atravesando la calle, como aquella niña que perdió a su mascota en el parque. Desde entonces sueña que hace el amor con un hombre distinto cada noche. Y le encanta. Sus deseos han llegado a una frontera donde nunca te piden pasaporte.

 

Manual para canallas

Cicatrices en las alas
El Universal
Jueves 20 de noviembre de 2008

 

© Candidman
Noviembre 20, 2008.

 

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