• El estilo Martí •

© Candidman

Alejandro Martí explica que la sociedad espera con la marcha de este sábado respuestas definitivas.

Ciudad de México  (30 de agosto de 2008).- En mangas de camisa, Alejandro Martí extiende sus brazos y los deja descansar en el respaldo del sofá blanco. Narra con sencillez y algo de azoro su participación hace una semana en la cumbre de gobernantes que firmó el Acuerdo por la Legalidad.

“Veía las caras de todos. Advertí aprobación. Un amigo que tenía en Valle de Bravo, que cantaba opera precioso, decía que una buena opera se da del público. Así con un discurso. Que cuando empezaba a cantar veía las caras y si veía esa cara de gusto le salía mejor la voz, pero si encontraba un señor medio dormido tenía riesgo de que se le saliera un gallo. Y eso es cierto”, contaba.

Sus interlocutores le escuchaban con atención.

“Y eso es cierto. Cuando uno empieza a hablar y ve los ojos de la gente, así pasa. Cuando vi los ojos del Presidente, los ojos de mucha gente, aprobando y diciendo ahí que fue la primera vez que se reunía ese Consejo, y fue la primera vez que un cuate dice lo que siente y se expresa honesta y sinceramente ante el Estado mexicano, eso fue inaudito”.

Refiere que lo dicho en su discurso era una “convocatoria a la nación” no a una sola persona.

“Si nosotros los ciudadanos no estamos conscientes de que tenemos que luchar los próximos 14 años para lograrlo, mejor renunciemos a la vigilancia y dejemos que otros trabajen. Si en nuestros gobiernos hay personas que no pueden hacerlo, que también tengan valor civil. No es que nosotros vamos a despedir o correr. Todo lo contrario”.

Ya no repite lo que dijo hace una semana.

“Hagan conciencia, ministerios públicos, jueces, policías…Señores, si piensan que la vara es muy alta, si piensan que es imposible hacerlo, si no pueden: renuncien, pero no sigan ocupando las oficinas de Gobierno, no sigan recibiendo un sueldo por no hacer nada, que eso también es corrupción”.

Aquellas frases sentenciaron el encuentro. Crearon polémica posterior. Pero, evidentemente, marcaron al país.

Martí lo platica ahora sin considerar aquello como un hito. En todo caso, como una consecuencia. Cierra los brazos. Se reacomoda en el sillón. Sigue:

“Porque la verdad, la verdad, si impone. Pero lo que no impone y le da a uno muchísima seguridad es que a lo mejor en el fondo, todos los ciudadanos, pero también el Estado querían que hubiera alguien que pusiera los puntos sobre las íes. Porque ellos mismos, el Estado mismo se ve afectado. Cualquiera de los que estaban ahí, que mandan a sus hijos a la escuela, ha corrido el mismo riesgo que corrió mi hijo Fernando”.

En el fondo, platica el empresario,

“todos estábamos muy contentos con esto. Así salió. No lo llevé preparado. Lo llevaba preparado en el corazón. A lo mejor salió con el estilo Martí. Es el estilo que salió”.

El estilo Martí.

El empresario Alejandro no habla con rencor, no destila odio, no salen de su boca palabras de revancha. Habla con suavidad, con atención. El estilo de recibir a sus visitas a la puerta, de ofrecerles agua, café, “el mejor que han probado, éste si es café”.

Apenas terminó su participación en aquella reunión histórica del 21 de agosto y Alejandro Martí emprendió con su familia un viaje de descanso.

Regresó el jueves por la noche para asistir a la marcha. Tuvo visitas en su casa y comenzó a actualizarse. Y también a platicar con allegados, a ponerse de acuerdo a qué hora salen, quiénes van.

“Lo que si creo, que traía muy claro en mi cabeza, es que como ciudadano y todos los ciudadanos pensamos, traía un discurso que dar ante todo mundo. Pero tampoco podía decir o ocultar cosas porque mi posición ahí era decir palabras con el sentimiento que traía, con el dolor que traía, con el pavor escénico que traía en ese momento de pensar que hubiera más hijos, más Fernandos o más familias Martí que sufrieran lo que yo estaba sufriendo. ¡Era una responsabilidad mucho muy grande!”.

El estilo Martí.

Asume una responsabilidad ante la irresponsabilidad de otros. Podía asumir la mera impugnación o la huída por el desencanto.

“La principal responsabilidad que se adquiere es decir lo que la población piensa. Nunca lo pensé decir así. No lo tenía planeado. Pero es lo que la ciudadanía piensa. Estamos jugándonos el futuro de nuestros hijos, de nuestra familia; nuestro futuro. El riesgo de que este País se llegase a desintegrar por la inseguridad, por el terror, el miedo. Es una responsabilidad enorme como para andar tapando y no diciendo las cosas sinceramente”, persuade como si alguien le pidiera explicaciones de su discurso.

“Eso se dice en cualquier parte del mundo. Si no puedes hacerlo pues como uno se lo dice hasta los hijos. ‘A ver mi’jo si no puedes hacerlo yo lo hago’. Es una expresión de un ser que habita las calles. Eso lo entiende por el otro lado el gobierno. No va en un sentido de amenaza, en un sentido negativo. No en un sentido de cortar cabezas. No va en un sentido de decir: ‘ésta es la última oportunidad que este país tiene para hacer las cosas y para invitar a que no fueran meras respuestas del momento'”.

Martí explica que la sociedad espera con la marcha de este sábado respuestas definitivas.

“Si uno no tiene cosas que trascienden los sexenios, no se pueden ir mejorando, no se pueden ir estudiando los problemas y no se pueden sacar estadísticas de lo que estamos haciendo”.

En su charla desmenuza su entendimiento del Acuerdo por la Legalidad y los plazos establecidos.

“El primer plazo es que a los cien días va a haber corte de cabezas pues ese no era el sentido. Estamos poniendo un primer plazo para ver lo inmediato. Qué se puede hacer y ver los programas que van a cumplir en un corto mediano y largo plazo. El problema que tenemos se generó de muchísimos años de distracción. Como hemos dicho, de descuido. Para resolverlo nos va a llevar muchos años. Es por eso que tenemos que tener plazos perentorios. Quizás de los 70 puntos pues que en los cien días haya cuatro hechos y a los cinco meses otros cuatro y vamos cumpliendo nuestra agenda”.

Su fortaleza contagia.

“No puedo ni culpar. Ahí lo dejé muy claro: ¿quién mató a mi hijo? ¿El instrumento humano que es un engendro del mal, hijo de la impunidad? ¿o todos nosotros por dejados, incluyéndome a mi porque yo a lo mejor desde hace siete siete años debí haber exigido?”.

Señala a las ventanas.

“Vemos que le pasa al vecino, al amigo. Pero decimos que nunca a mí y nunca actúo. Somos en ese sentido muy irresponsables al dejar hacer. Al no trabajar, no exigir, no denunciar. Si no nos ponemos a chambear todos, pues perdónenme: la siguiente marcha no nos quejemos. Y habrá otro cuate que diga… ¿Quién mató a mi hijo?”.

 

© Candidman
Agosto 30, 2008.

 

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