• Si yo fuera Tony Soprano •

© Candidman

Si yo fuera Tony Soprano, también saldría todas las mañanas en camiseta, boxers y bata a recoger el periódico The Star-Ledger en la avenida de acceso a mi casa en Newark, Nueva Jersey, e impediría que un vehículo lo aplastara aunque yo estuviera separado momentáneamente de mi querida y tolerante Carmela. Leería el diario saboreando una taza de café recién hecho, oyendo los sonidos minuciosos que alteran la paz de los suburbios, imaginando los problemas que me aguardan a lo largo del día como si se tratara de árboles en un bosque nevado semejante a aquel donde Christopher y Paulie pasaron una noche refugiados en una camioneta desvencijada. Al terminar el café iría al refrigerador, de donde sacaría un trozo de mozzarella importado de Italia que paladearía al dirigirme al patio trasero surcado por un viento perenne que se antoja más simbólico que real. De pie ante la piscina cuya superficie refleja un cielo a punto de estallar de tan azul, me preguntaría por la familia de patos canadienses que en una lejana ocasión vi retozando en el agua y me llevó a derramar algunas lágrimas, quizá porque en ellos advertí una misteriosa concordia que ha brillado por su ausencia en mi vida. Prendería entonces el habano nicaragüense CAO que suelo traer en un bolsillo de la bata y miraría, reflexivo, cómo el humo se enrosca y desvanece en el aire mientras tarareo por lo bajo uno de los hits setenteros que me remiten a una juventud cada vez más ajena, cada vez más extraña.

Si yo fuera Tony Soprano, me sentiría igualmente amenazado por los terroristas que hicieron desaparecer las Torres Gemelas del retrovisor de mi auto al arrancar la cuarta temporada y aceptaría, en lo más hondo de mí, que es una sensación paradójica, ya que yo mismo represento la amenaza y ese rol no me produce insomnio. Rumbo a una de mis varias citas con la familia profesional que cuido y quiero tanto como a la consanguínea, me recordaría paseando por los cuerpos firmes de Irina, Gloria y Valentina, tercia de ases que he dejado ir como en una mala jugada de póquer. Pensaría después en el muñón de Svetlana aquella tarde en que la seduje o ella me sedujo en el sofá del tío Junior a la luz del televisor, y su pierna artificial se volvería de carne y hueso y se duplicaría para transformarse en las piernas de la doctora Melfi, mi deseada doctora Melfi, a la que vería desnuda y dispuesta a seguirme para perdernos dentro del cuadro de la granja que cuelga en su consultorio y me atrae como un imán insondable.

Bebiendo un espresso doble en la acera frente a Satriale’s, o tomando un whiskey derecho en el Bada Bing! o el Crazy Horse, o comiendo un plato de pasta digno de un césar en el Vesubio, me distraería unos segundos de la conversación a mi alrededor para evocar a las mujeres que me han amado como si constituyeran un sendero amplio y sinuoso en el que las figuras de mi esposa y mi hija lanzan un fulgor especial al sol del ocaso.

Si yo fuera Tony Soprano, compraría una casa en la playa para que mi familia tuviera un patrimonio que no se redujera a dinero en efectivo oculto en bolsas de alimento para aves. Practicaría alguna actividad física además del golf que sólo sirve para cerrar negocios. Pasaría más tiempo en una de las tumbonas junto a mi piscina, leyendo a Leonardo Sciascia. Viajaría al extranjero varias veces al año para comprender que el mundo no comienza donde acaba el Lincoln Tunnel. Intentaría descubrir si la inquietante silueta femenina que se ha colado a mis sueños y se niega a mostrar el rostro es, tal como intuyo, mi madre muerta. Buscaría la manera de saldar cuentas con los fantasmas que me acosan. Y quizá, sólo quizá, me pondría a escribir una autobiografía que iniciara con una bandada de patos atravesando una nube similar a un reguero de sangre.

Pero como no soy Tony Soprano, ha llegado la hora de abrir los ojos y enfrentar esa otra teleserie que es la vida cotidiana.

Autor: Mauricio Montiel Figueiras
Guadalajara, 1968. Es narrador, ensayista y editor.
Su libro más reciente es Terra cognita (Fondo de
Cultura Económica, 2007).

© Candidman
Agosto 21, 2008.

 

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