• Un regalo inesperado •

© Candidman

Cuando era niña adoraba a mi hermano mayor, Kemper. Era un amigo fiel que defendía siempre de los bravucones a sus tres hermanas. Y hacía cosas audaces y divertidas. En cuanto papá y mamá salían de la ciudad, organizaba fiestas tan concurridas que parecía que había invitado a medio mundo. Todos lo querían; sin embargo, no le faltaban problemas.

En 1967 se enroló en la Infantería de Marina de Estados Unidos y combatió en Vietnam. A sus 20 años escasos, le tocó ver morir a muchos de sus compañeros.

Cuando regresó a casa ya no era el mismo. Estuvo callado y serio en la fiesta con que mis padres le dieron la bienvenida. Ni siquiera lo emocionó el flamante Volkswagen que le regalaron adornado con un enorme moño. Se pasó los años siguientes tratando de adaptarse, pero nunca lo logró. En 1977, luego de escribir una carta en la que pedía perdón, se suicidó. Su muerte destrozó y separó a la familia. Mis padres se divorciaron, y mi corazón quedó hecho pedazos.

Un soleado día de 2002, una semana antes de la Navidad, salí a hacer unas compras y llamé a casa desde mi auto para saber cómo estaba mi hijo, el cual me dio un recado:

—Mamá, llamó una mujer que dijo que el tribunal la había contratado para localizarte. Es algo que tiene que ver con tu hermano.

Me pregunté si se trataría de alguna vieja cuenta bancaria olvidada. De inmediato marqué el teléfono de la mujer, quien me dijo que era una intermediaria confidencial.

—Tengo razones para suponer que usted es pariente biológica de una joven que nació el 21 de octubre de 1965 y que está buscando cierta información médica —me explicó—. ¿Sabía que su hermano tuvo una hija en 1965? Señora, ¿me escucha?

La noticia me dejó muda. La novia de Kemper había quedado embarazada cuando cursaban el bachillerato, y ni él ni mis padres se lo contaron jamás a nadie. Ahora su hija nos estaba buscando. Sentada tras el volante, me eché a llorar.

Bonnie Jean Phoenix tuvo una infancia feliz. Sus padres adoptivos fueron amorosos y protectores, como Kemper y su asustada novia habrían deseado que fueran; sin embargo, a lo largo de su vida Bonnie había tenido una sensación de vacío. A sus 34 años decidió que era hora de aclarar el misterio de su origen y comenzó la búsqueda, que le llevó tres años.

Me quedé sin aliento el día en que entró en casa de mi madre. Aquella desconocida era el vivo retrato de Kemper: su nariz, su boca, sus ojos verdiazules. Parecía un ángel bajo el rayo de luz que inundaba el pasillo. Él nos la envió para que la amemos en su lugar, pensé. Me presenté, y un instante después ya me estaba abrazando. Llevaba consigo una caja llena de fotos suyas de cuando era chica, jugando con una mascota, meciéndose en una hamaca… Una niña que siempre daba la cara por los demás, una pequeña alegre y de rostro radiante.

En los días posteriores al encuentro con Bonnie me di cuenta de que me estaba liberando de una carga. Era una ira que había reprimido durante años y que nunca había querido admitir. Sentía rabia contra Kemper por haberse suicidado. El matrimonio de mis padres se vino abajo, y mis hermanas y yo temíamos que las secuelas en nuestra vida pudieran afectar a nuestros hijos. Durante los 25 años siguientes, la trágica muerte de mi hermano nos acosó a todos.

Fue entonces cuando Bonnie nos encontró. ¡Se parece tanto a Kemper! Me hizo recordar lo bueno que era él. Me hizo creer en los finales felices otra vez. Me hizo perdonarlo.

Por Elizabeth Westfall Flynn
Noviembre 19, 2005.
© Candidman

 

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2 comentarios en “• Un regalo inesperado •

  1. Increíble y maravilloso, es lo que puedo escribir. A veces no hay palabras, sólo esa pequeña gran emoción 🙂 saludos. Dios Te Bendice.

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