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• En otros brazos •

© Candidman

Estoy mirando el techo del Palacio de Bellas Artes. Sentado frente a una taza de café más animada que Valeria, intento no bostezar. Los silencios son tan incómodos que estoy tentado a pedirle a la mesera que me traiga un dominó, a pesar de que en la cafetería del Sears eso no existe. “Estoy embarazada”, fue lo primero que me dijo incluso antes de que me sentara. Vaya recibimiento. Y yo que no traje serpentinas para festejarlo. “Hola, amor. Bienvenida al mundo real”, intenté ser sarcástico pero ella no estaba para sutilezas. Se supone que Valeria y yo habíamos terminado casi un mes antes, pero insistió en que nos viéramos cerca de su oficina, bueno, la de su jefe. “¿Qué vamos a hacer?”, respondió a mi beso en la mejilla con frialdad. “Mira, yo sé que es algo que no estaba en tus planes”, manifesté, “pero al menos podrías ser un poco más cálida que mi frigo bar”. Me miró con odio. “¿Siempre tienes que ser tan duro?”, reclamó.

No fui yo quien terminó la relación. Valeria pidió tiempo “para replantear la relación”, aunque yo sabía por una amiga en común que ella estaba entusiasmada con un chico de su trabajo. “Vale me cae muy bien, pero creo que tú no te mereces esto”, se justificó Adriana para contarme el chisme. Es lo malo de no ser un cursi: faltan tarjetas de aniversario y siempre sobra un tipo que es más atento que tú. “Las mujeres necesitamos sentirnos halagadas”, fue algo de lo que pretextó Valeria. Nunca he sido un romántico, lo siento. Luego comentó algo como “es mejor que nos alejemos un tiempo, para pensar si vale la pena seguir con esto”. Para andar conmigo dejó a su novio, así que me pareció justo que me hiciera a un lado y se refugiara en otros brazos. Pensé que me había olvidado, hasta que me citó en este lugar. “La vista es hermosa”, celebró la primera vez que la llevé allí.

Ahora estamos separados por los silencios. Pido un café y enciendo un cigarrillo. “¿Cómo ves?”, pregunta Valeria. “¿Estás completamente segura?”, interrogo. “No soy estúpida”, se apoya en su mirada más rencorosa, “ya me hice un par de pruebas de embarazo”. La mesera me trae el capuchino y me sonríe con amabilidad. Le respondo igual. “Carajo, ¿tienes que coquetear con esa zorra?”, la misma Valeria de siempre. “Sólo estoy siendo amable”, la aclaración está de más. “Podrías ser amable conmigo y decirme qué chingados vamos a hacer”, se nota harta. Entonces, por las bocinas suena una canción que me encanta: Sin documentos, con Julieta Venegas. Tarareo el estribillo. Valeria lanza fuego por los ojos.

“Querida, lamento informarte que se me acabaron las solicitudes para procrear hijos”, señalo con toda calma. Ella hace una mueca horrible. “¿Qué, eso qué?”, luce contrariada. “Si estás embarazada no soy yo a quien deberías convocar a una reunión urgente”, trato de ser claro, “porque hace rato que me hice la vasectomía”. Valeria no lo puede creer. “Pero tienes dos hijos…”, intenta convencerme. “Por eso mismo me operé, porque con dos es suficiente”, detallo, “y también por eso me divorcié, porque mi ex quería otros dos”. Maldito, es lo que leo en su mirada. “¿Entonces por qué siempre usabas condón?”, aún no está convencida. “Porque cuando tú y yo empezamos a andar aún te acostabas con tu ex. Y yo sé con quien me voy a la cama, pero no sé con cuántas viejas se revolcaba él”. Su mirada es fulminante. “Tú no eres humano, no puedes ser así”, suelta con desgano. “De hecho, estoy esperando que venga la nave nodriza por mí”, se me escapa la ironía. “¿Por qué eres así, por qué?”, el coraje apenas la deja hablar. “Eso no importa, es secundario”, trato de sonar tranquilo, “lo relevante ahora es que encuentres al padre de tu hijo”. Sus ojos se hacen extra grandes. “¡Estúpido!”, estoy seguro de que se contiene para no darme una cachetada. Se marcha como una diva en una pésima película. “Uuuy, tu chica se fue echando lumbre”, es la meserita guapa. Sólo le guiño un ojo. “¿Se te ofrece algo más?”, su tono es más que amable. “Claro, ¿podrías darme tu teléfono?”. Toca mi hombro y suelta un “¡tonto!” de lo más prometedor.

Manual para canallas

Roberto G. Castañeda
El Universal
Jueves 29 de enero de 2009

 

© Candidman
Enero 29, 2009.


• Hasta los huesos •

© Candidman

 

En una madrugada caben todos los pretextos para sentirse incompleto, aquella lágrima que guardas en la almohada, el beso que extrañas cada mañana, la risa que no volverá a sonar en tu celular, los besos que no te llegarán hasta el alma. Tan triste y tan derrotada es tu noche, que te duelen hasta los tatuajes. Como si estuvieras desnudo, cala el frío en los huesos. Tantas veces el suicido te manda postales desde la azotea, desde el baño, que no sabes si en realidad tú mismo eres el remitente y al mismo tiempo el destinatario. Dejen ya de joder. Tus ideas malsanas se amotinan tras la puerta y no sabes cómo dispersarlas. Eres más vulnerable de lo que pareces, esa careta insensible te queda grande. El mundo no está en tu contra, pero de todas maneras te sientes incomprendido. Basta ya de lamentos, parece decir la foto de madre. Pero nunca fuiste educado para ser independiente. Creciste casi a la intemperie, con escaso hogar y demasiados reclamos. Niño, deja ya de molestar. Chamaco, no vayas a ensuciar. Órale cabrón, póngase a trapear. Pinche escuincle malcriado, nunca aprenderás. Y encima, el cretino de tu padrastro se manchaba contigo, siempre te veía como un apestado y el perdedor siempre era él. No es de extrañar que en tu propia casa te sintieras como un inquilino, uno de esos que no pueden pagar la renta y siempre se andan escondiendo del casero. Un extraño en tu propia tierra. Y tantas veces besaste el suelo, que aprendiste a caer y ahora te tiras a propósito esperando que alguien te levante. Por eso no duras con las viejas, porque eres demasiado manipulador y eso al final siempre harta. Hasta parece que tu estado ideal es añorar lo que nunca jamás sucederá. Y llenar tu diario con frases que te hacer ver más patético, como esa última que ahora transcribes:

“Tú que tanto has besado,
tú que me has enseñado,
sabes mejor que yo
que hasta los huesos
sólo calan los besos
que no has dado”.

Ni siquiera en eso eres original. Sólo copias lo que otros hacen, en lugar de sentarte a inventar tu propio epitafio.

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Marcela huyó de su casa muy temprano. Se fue a vivir con su hermana, escapando de un tío que intentó abusar de ella. “Estás loca, pinche escuincla”, le dijo su propia madre en lugar de abrazarla y prometerle que las cosas irían mejor. Así son los padres casi siempre: no se atreven a enfrentar las responsabilidades, prefieren engañarse y fingir que no pasa nada. Cómo le van a creer a una chamaca que se la pasa de vaga, según sus padres, y se anda besuqueando con el novio. Por qué habría de ser verdad, si el tío tiene cara de gente decente y “hasta trabaja con un licenciado”, como si los pinches licenciados fueran gente de fiar. Da lo mismo que sea abogado o dueño de una cadena de supermercados e incluso un cura con cara de abuelo. El diablo es experto en disfraces. Así que Marcela fue expulsada de su propio cuarto, ese mismo donde creció con muñecas y ositos de peluche. Y ahora comparte dormitorio con su sobrina, una pequeñita que siempre deja la puerta abierta para que sus miedos no se encierren con ella. Y Marcela no tiene privacidad y no se baña hasta que se va su cuñado, porque tiene miedo de que la historia se vuelva a repetir. No es que Juan Carlos sea mala persona, si hasta se ve que adora a Gaby, pero Marcela ya no confía ni en su propia sombra. Y llora en las noches. Y trata de encontrar respuestas a preguntas que nadie puede contestar. Hasta llegó a pensar que ella era culpable. Pero no, ella no tiene culpa de que sus caderas, sus senos, sean codiciadas por ese monstruo llamado lujuria. Lo nota en la calle, en cada comentario obsceno, en aquellas miradas groseras, en los arrimones del Metro… lo notó en el aliento alcohólico del primo de su padre cuando se aventó encima de ella. Sólo el instinto de supervivencia logró vencer el miedo y ella se encerró en el baño y no salió hasta la madrugada, con los ojos llorosos y la rabia de saberse ofendida. Lo peor fue que su propia madre le diera la espalda. Y Marcela no volverá a ser la misma. El miedo se ha instalado en sus huesos. Y un escalofrío la invade cada que un tipo la sigue un par de cuadras. La tranquilidad anda escasa. La verdad nunca es valorada. Y las lágrimas no remedian nada.

 

Manual para canallas

Roberto G. Castañeda
El Universal
Jueves 22 de enero de 2009

 

© Candidman
Enero 22, 2009.

 


• Ceguera emocional •

© Candidman

Basta una pregunta para saber si una mujer cambiará tu vida para bien o para mal. “¿¡A poco no te gusta Arjona!?”, se sorprendió Isabel cuando le sugerí que no pusiera El problema en la rockola. Apenas acababa de conocerla, porque era amiga de la novia de un colega. Ya con unas chelas encima me besó, pero yo no podía dejar de imaginarla llorando con las canciones del “Serrat de los microbuseros”. Así que esa noche regresé solo a casa. *** “¿Eres bisexual?”, me interrogó Andrea la vez que fui al cumpleaños de Paco. “No manches, por qué me preguntas eso”, reviré. “Pues no sé, mi amiga y yo comentamos que a lo mejor lo eras”, explicó. “Pero alguna razón debe haber”, traté de tomarlo a la ligera. “Bueno, un poco por la forma en que bailas”, dijo. Me pareció una tontería, pero no me ofendí. “¿Y cómo bailo”, cuestioné. “Pues no sé”, otra vez la pinche inseguridad, “lo haces bien para parecer un tipo duro”. Ay wey, no pude evitar un gesto de asombro. Nunca me habían preguntado eso. “Me encantan las mujeres, tu pregunta está fuera de lugar”, aclaré. Sí, también nos besamos y me sugirió que la invitara a mi departamento, pero preferí seguir en la fiesta. *** En otra ocasión, la prima de un amigo intentó ser simpática: “¿Tienes coche o Chevy”? Mala broma para alguien que no soporta las frivolidades. “Prefiero beber que manejar”, contesté con sarcasmo. “¿Y eso qué?”, expresó de la manera más tonta. Era demasiado guapa, pero igualmente vacía. “¿Tu hámster es autista?”, le pregunté mientras señalaba su cabecita. O quizá debí sugerir que sus dos neuronas sanas estaban en huelga. “¿Cómo?”, por supuesto no entendió. Sólo estuve un rato más y me fui a casa a escuchar a Radiohead. *** “¿Por qué gastas tanto en libros?”, fue la duda de Angie, que en realidad se llamaba Angélica. “Por la misma razón que tu gastas tanto en zapatos”, manifesté, “pero con la diferencia de que yo lo veo como una inversión, porque a la larga me beneficiará”. “Ay, eres un tonto”, se lo acepté porque era buenísima en la cama. Lástima que aquello duró poco. *** “¿Nunca te enamoras?”, la duda era de Tania, que besaba como si fuera la recepcionista de un incendio. “El amor apendeja”, fui contundente. “Creo que tienes razón, siempre que me enamoro soy una tonta”, su explicación estaba de más. Y siempre he coincidido con el sabio de Andrés Calamaro:

“Tengo abierto el mini bar y cerrado el corazón”.

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Sin dolor no hay redención. Debes machacarte las alas para aprender a volar. Debes besar el suelo antes de saber aterrizar. Las alas me salieron de forma natural: desde niño volaba lejos, me inventaba historias fantásticas, me impulsan los libros y mi combustible era la imaginación. Mi vida era demasiado miserable como para estacionarme allí. Quién iba a decir que un día me dedicaría a escribir sobre la realidad, cuando me sobraba inventiva. Será que prefiero contar historias cercanas, palpables; será porque no se me dan los finales felices o tal vez se deba a que odio las cursilerías. Reniego de las baladas, detesto los estribillos, odio a los cantantes que entonan rimas de primaria. Será por eso que mis noviazgos no duran mucho. Está claro que las chicas adoran los ramos de rosas, las tarjetas de aniversario, los regalos en su cumpleaños o que las beses en el cine. Creo que no estoy hecho a su modo. No, en realidad es un pretexto que me invento. Supongo que se debe a que padezco el Síndrome de Asperger y que me cuesta trabajo entablar relaciones emocionales. Sí, tengo ceguera emocional. No me compadezco, pero tampoco me odio. He aprendido a vivir con ello. Sí, a veces me quejo, en ocasiones lamento estar solo, pero nadie se muere por extrañar los besos. En ocasiones me deprimo y bebo a oscuras, pero Sabina siempre es buena compañía en casos extremos:

“Cada lunes me cuesta más trabajo,
poner en hora mi caricatura.

Entre la multitud y la locura
mi corazón anda volando bajo.

Sobra bilis y falta desparpajo.

Cuando se va al carajo la cordura,
ayunas, como pan sin levadura,
no trabajan las musas a destajo.

Desde que todo huele a despedida,
ni el salario del miedo me intimida
ni se amansan las fieras con canciones”.

Ahora mismo ni tengo ganas de volar. Diana no regresará y yo me guardé algunos besos y unas cuantas caricias que nunca pude darle.

“Ella no va a volver y la pena me empieza a crecer adentro,
la moneda cayó por el lado de la soledad y el dolor.

Todo lo que termina, termina mal, poco a poco.

Y si no termina, se contamina más, y eso se cubre de polvo”,

resuena esa pinche rola en mi cabeza. Para qué lamentar lo que no supe dar. Para qué añorar algo que nunca más sucederá. Para ser sincero, las cosas no están saliendo como quiero. Y me olvidé de avisarle que la extrañé en año nuevo.

 

Manual para canallas

Roberto G. Castañeda
El Universal
Jueves 15 de enero de 2009

 

© Candidman
Enero 15, 2009.

 


• Un calendario 2009 •

© Candidman

 

De niño pedía poco a los Reyes Magos, me conformaba con lo que no soñaba. Y siempre anhelé una autopista Scalextric, que obvio nunca me trajeron. Una historia demasiado común. Nada del otro mundo. Un chaval juega con una pelota de goma y es el mejor portero del mundo. En un barrio polvoso dos hermanas hacen pastelitos de lodo y organizan una comida con sus muñecas como invitadas especiales. Se fueron los días festivos, vienen las quincenas contando los centavos. El Monte de Piedad es un calvario. Atrás quedó la Navidad, ahora a lidiar con la resaca. El año nuevo es un calendario en las manos de un pordiosero. Dios usa pantuflas de peluche con garras de utilería, mientras se ríe de nuestras tonterías. Y yo, como dicta Andrés Calamaro,

“yo soy un loco,
que se dio cuenta
que el tiempo es muy poco.

na na na na na,
na na na na na,
a lo mejor resulta mejor así”.

Los chavales ya no escuchan, se refugian tras los audífonos. No los culpo, el mundo exterior es demasiado ruidoso. Y nadie escucha a nadie. Está de moda el iPod, está de moda el suicidio, están de moda los Converse, está de moda vender el alma, empeñar la dignidad. Está de moda la violencia, está de moda chingar al prójimo. Comienza el año y todo pinta perfecto para inventar atajos al infierno. El mal triunfará sobre el bien, como siempre. Los Zetas se acercarán cada vez más a la esquina de tu casa. Los políticos nos seguirán viendo la cara. Y las canciones no aliviarán casi nada. Y la poesía seguirá escasa. Mal venido, 2009. Hola resaca, parecen decir las botella vacías.

>>>

Tampoco hace falta mucho para tratar de ser feliz: una tarde sentado en el parque, una foto con tus hermanos, los guisados de mamá, meter un gol en la final, una canción de Los Cadillacs, besar a la novia en la oscuridad, hacer el amor como si fuera la segunda vez, los fines de semana sin tarea, ir al cine en domingo y comer palomitas con salsa Valentina, cagarse de la risa viendo cantar al cursi de Gael, ir a un concierto de Los Caligaris, maldecir a los vecinos, hacer puntos en el x-box, abrazar a tu padre, gastar tus domingos en cómics, leer en voz alta un poema de Sabines, tocar la guitarra en la madrugada, ir a contracorriente aunque se infarte tu novia. No hace falta mucho para sentirse mejor. Todo pinta mejor cuando una sonrisa cínica se te cuelga frente al espejo. Y cantar El salmón y gritar a todo pulmón que

“quiero arreglar todo lo que hice mal,
todo lo que escondí hasta de mí…
hay botellas vacías de marcas extrañas,
las debo haber tomado, ¡qué resaca!

Voy a salir a caminar solito,
sentarme en un parque a fumar un porrito
y mirar a las palomas comer el pan que la gente les tira.

Y reprimir el instinto asesino
delante de un mimo, de un clown.

Hoy estoy down violento, down radical,
pero tengo aprendido el papel principal.

Siempre seguí la misma dirección,
la difícil, la que usa el salmón”.

 

Manual para canallas

Roberto G. Castañeda
El Universal
Jueves 08 de enero de 2009

 

© Candidman
Enero 8, 2009.

 


• Ángeles caídos •

 

© Candidman

 

Un santaclós apócrifo, una botarga del  Doctor Simi, aquel aparador de Suburbia, las luces del Zócalo: a eso se reduce la Navidad. No hay sonrisas sinceras. Todo mundo se embriaga. Un auto se pasa el alto y embiste a una familia que nunca sospecha la desgracia. Llanto, miedo, dolor, tantas emociones en tan pocos segundos. El conductor ebrio se da a la fuga. Una ambulancia llega siempre demasiado tarde. Un nudo en la garganta. El parte médico no es nada optimista. Un niño yace inerte. Dios no escucha los ruegos de casi nadie. Los mirones se regodean en el morbo. La sangre es un asunto cotidiano, ya no conmueve. Un policía desvía el tráfico. Tu mami te  espera en casa. Tu padre no deja de emborracharse. En el intercambio de regalos te tocó la vieja más insoportable. Merry Christmas. Los villancicos no te dicen nada. Lalo y sus Ardillitas siguen cantando la misma tonada estúpida y tú sólo quisieras que las vacaciones duraran todo el año. La escuela te abruma, el trabajo de medio tiempo ya te tiene hasta la madre. Otro fin de año sin novia. Ojalá te regalen unos Converse en Navidad. Pedir un Ipod suena a imposible. Tu vida no es un anuncio de Liverpool, en definitiva. La felicidad es un catálogo de Sears: una familia sonriente, con suéteres impecables y bufandas de colores. La vida, la vida es otra cosa: el recibo de la luz, la cuenta de teléfono, el precio del gas, las quejas de un ama de casa, la tristeza de un niño olvidado por los Reyes Magos, un anciano formado para cobrar su pensión, aquella adolescente embarazada, el gordo de la esquina que se masturba en la oscuridad, un tipo baleado en cualquier calle. Y los diarios que hacen la suma de los ejecutados. Hace mucho que no sabes lo que es una feliz Navidad.

>>>

Cada diciembre es lo mismo: Ojalá ya se acabe el año y que el otro nos vaya mejor. Doce meses para el olvido. El inevitable recuento arroja cifras alarmantes y no hay espacio para el optimismo. Bueno, tengo trabajo y salud, tratas de consolarte por la falta de varo. Pinche remedio para la migraña. Nada que solucione tus grandes males. Tu existencia es un constante vacío. Vives al día, con apenas lo suficiente para llegar al fin de quincena, contando y estirando los pesos. Tu ángel de la guarda es como una silueta dibujada en el asfalto, caído bajo el fuego cruzado. No quedan esperanzas, sobran lamentos. Si hubiera estudiado, si no me hubiera casado, si le hubiera hecho caso a mi madre, si no hubiera hecho esto, si me hubiera atrevido. Sospechas que tu mujer te engaña, reniegas de todo, sufres por cualquier cosa. Vale madres, ojalá que ya se acabe el año. Embriagarse sólo es un intento de fuga. Te gusta la hija de tu vecino. Te odian tus compañeros de trabajo, tú detestas a tu jefe, pero en el brindis navideño todos se dan el respectivo abrazo. Y la secretaria baila con todos, se pinta los labios y no falta el atrevido que le dice que le hace falta conocer a un verdadero hombre, pero a Lupita le basta con acostarse con el licenciado y jugar el juego de la amante con la esperanza de que un día la saque de trabajar. El licenciado es un hijo de la chingada, coinciden todos. Y sin embargo envidian su sueldo y el auto del año y los trajes que lo hacen ver como si fuera un tipo decente. Feliz Navidad y próspero año nuevo, levanta su copa y todos repiten el mismo pinche ritual de todos los años. Luego, cada quien a su casa, a pelearse con la mujer, a soportar los ronquidos del abuelo, a escuchar los llantos del niño, a regañar a los chamacos para que dejen de estar peleando. La Navidad es un maniquí con bufanda, un santaclós made in China, un compacto en formato mp3 con “yo no olvido al año viejo” y esa canción que habla del “caballo de la sabana, porque está viejo y cansado”. Ni pex, cenarás pollo rostizado y Sabritas. Y te regalarán el peor disco de Arjona. Y al otro día viene la resaca.

 

Manual para canallas

Roberto G. Castañeda
El Universal
Jueves 18 de diciembre de 2008

 

© Candidman
Diciembre 18, 2008.

 


• El mejor papel de mi vida •

© Candidman

Terminé de maquillarme, me miré en el espejo y supe de inmediato que me veía ridículo. Además, la peluca sólo empeoraba las cosas. En cuanto salí al escenario empezaron las carcajadas. Bueno, si es que a eso se le podía llamar escenario. “Salid de aquí muy luego y no repli… y no repliquéis jamás”, era una de las pocas frases que yo tenía que decir y aún así me costó trabajo memorizarlas. Obvio, las burlas parecían jitomates lanzados al estrado. Yo me sentía de lo más estúpido. ¿Cómo carajos me fui a meter en eso? Simple: por una vieja. En la prepa me encantaba Romina. Y ella le encantaba a todos. Y yo no le encantaba a casi nadie. Pero entonces era yo un tipo un tanto tímido, tratando de reinventarme después de una infancia y adolescencia llenas de traumas, miedos y una educación muy severa. El caso es que Romina me invitó a una obra de teatro que ella protagonizaba. Lo mío, lo mío era el futbol, pero cuando una chica como ella te dice “te invito a lanzarnos en paracaídas” es como si te pidiera que fueras su pareja en la fiesta de graduación. “Nos falta este personaje” y me señaló unas líneas que apenas miré. Acepté y ella me sonrió. Ya estaba pagado. Su sonrisa era prometedora y también la manera en que ella abrazaba, porque en una parte del montaje ella tenía que abrazarme. Sí, era actuado, pero era un abrazo al fin y al cabo. El precio fue caro, porque después de eso se me quedó el apodo mucho tiempo: Malafán, me decían todos en mi salón. Era el bufoncito más patético de la obra, pero la maestra de artes me exentó y me puso un diez. Además, vi a Romina en ropa interior mientras todos nos caracterizábamos. Nunca anduve con ella, cuando mucho bailamos una canción en alguna fiesta, pero a mí me alegraba que al menos me saludaba de beso en la mejilla. Qué lejos estaba de imaginar que haría peores tonterías por una mujer.

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En la universidad me enamoré de mi maestra de literatura, así que no le costó trabajo convencerme para que yo protagonizara El avaro, de Moliere. Alejandra era guapa, inteligente y muy alivianada. Corrían rumores de que iba a las fiestas, que le encantaba el trago y que se acostaba con sus alumnos. A mí no me constaba, pero la simple idea me emocionaba. Ensayamos como dos meses, batallé para memorizar el papel, pero Alejandra estaba maravillada conmigo. “Tienes facilidad para actuar”, me dijo y a mí me sonó como si me hubiera dicho “eres el mejor amante del mundo”. La obra la estrenamos en el teatrito de FES Acatlán y al final nos aplaudieron sin mucho entusiasmo, pero esos pocos aplausos a mí me supieron a gloria. Por la noche hicimos una reunión en casa de Alejandra, bailamos un poco, bebimos mucho y cuando le comenté que me gustaba, ella me dijo “tontito”. Así me sentí, pero el alcohol aligeró las cosas. Luego, cuando ella ya estaba un poco más ebria me le encontré en la cocina y me besó. “Eres un tontito”, repitió, “pero me gustas”. Eso fue todo. La reunión se alargó un poco, algunos compañeros se fueron temprano, quedábamos pocos y yo mantenía la esperanza de llevármela a la cama. Pero no fue así. Al poco rato llegó su marido, un tipo mucho mayor que ella y que todos nosotros. Se unió a la fiesta. No pude soportar que la abrazara y la besara enfrente de mí, así que me fui bastante molesto. Ese fin de semana pensé todo el tiempo en Alejandra, le escribí una carta muy apasionada y estuve a punto de romperla, pero al siguiente lunes se la entregué al final de la clase. Ella me respondió con otra carta bastante simple: “Roberto: estás confundido. Tú no puedes estar enamorado de mí. Sólo estás entusiasmado. Además, yo soy una mujer casada y amo a mi marido. Por favor, olvídate de mí. Alejandra. PD.- Me halaga tu interés, pero tú debes andar con chicas de tu edad”. Como resulta lógico, no me olvidé de ella. Y cuando besaba a las mujeres de mi edad, los besos no sabían igual. Hasta que me enamoré de Fernanda y mis días se volvieron más oscuros. Nos besamos muchas veces, nos acostamos un par de ocasiones, prometimos que nos casaríamos a los 30 años, pero ella nunca dejó a su novio. De hecho, se casó con Jaime y tuvieron tres hijos. Ella se puso gorda, se volvió neurótica y Jaime la cambió por su secretaria. Tiene mucho que no la veo y a pesar de lo mucho que la quise, agradezco que no haya cumplido su promesa de casarse conmigo. Igual y algún dios está de mi lado y me tiene reservado el mejor papel de mi vida.

 

Manual para canallas

Roberto G. Castañeda
El Universal
Jueves 11 de diciembre de 2008

 

© Candidman
Diciembre 11, 2008.

 


• Fría como una navaja •

 

© Candidman

 

Un cuaderno con poesías hechas a mano fue lo único que me dio Lucía. Odiaba regalar cosas y “coleccionar estupideces”, siempre me decía. En realidad ella odiaba casi todo. Siempre tenía alguna queja: las viejas pierden demasiado tiempo intrigando, los hombres son tan primitivos, mi jefe es un pervertido, los libros son demasiado caros. Era especialista en robarse los libros de Sanborns, meterse en la fila del banco, entrar gratis al cine, rayar autos de lujo, apoyar huelgas, renunciar a trabajos estúpidos. Lucía parecía una chica común, con revoluciones fantásticas en la cabeza y demasiadas quimeras en la mochila. Pero atrás de su rabia, de su inconformidad había algo mucho más complejo. Cuando la conocí me pareció una mujer perfecta: joven, idealista y con ganas de vivir a mil por hora. Me enamoré de ella, pero Lucía nunca supo amarme. La historia de siempre. Cuando mejor estábamos, se desaparecía dos o tres meses. Se embarcaba en brigadas maravillosas: clases de alfabetización en la Sierra de Oaxaca, teatro guiñol para niños indígenas, la clásica caravana a Chiapas, etcétera. Regresaba destrozada de ver tanta injusticia, la infinita pobreza. Yo sólo la abrazaba y la escuchaba. Trataba de entenderla porque la amaba, pero ella me daba pocas pistas. A mí me encantaba estar con Lucía, aunque ella parecía estar huyendo todo el tiempo: cada vez hacíamos menos el amor, ponía pretextos para no acompañarme a las fiestas de mis amigos, luego me pidió un tiempo para “pensar en lo nuestro” con el argumento de que “no quiero hacerte más daño”. Desde luego, no intenté hacerla cambiar de parecer, así que dejamos de vernos un tiempo.

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Una madrugada Lucía llamó a mi puerta y me pidió 50 varos para pagar el taxi. “Necesitaba hablar contigo”, argumentó, “pero antes hagamos el amor”. Estaba sobria, así que no era un arranque. “Extrañaba estos abrazos”, dijo cuando yo esperaba que agradeciera los orgasmos. “Sólo necesitaba hablar”, aclaró, “no voy a regresar contigo”, la dejé que se explayara. No había ningún hombre, ni nada parecido. Me contó que estaba en terapia psicológica. “Y me la paso con antidepresivos”, soltó como si dijera “bebo leche deslactosada”. Luego sollozó. Cuando se recompuso me reveló su secreto. “No tienes que hacerlo”, advertí. “Te lo debo, ser honesta contigo es lo menos que puedo hacer”, comentó. “Nunca te quise, no podría amarte”, soltó, “pero tú mereces encontrar una mujer que valga la pena”. Ni me dejó refutar sus teorías. Me contó que sus miedos y pesadillas se debían a que su padrastro había abusado sexualmente de ella. Historia conocida. Los detalles me los reservo. Lucía tuvo una crisis de ansiedad, no podía dejar de llorar, yo sólo la abracé durante más de una hora. Luego se quedó dormida. Besé su frente y lamenté que la gente fuera tan miserable como para hacerle tanto daño a una chiquilla o a un niño. Luego me quedé dormido y cuando desperté, Lucía se había marchado. Me dejó su cuaderno con poesías, que era hermoso. Cumplió su palabra: no regresó conmigo. Dos años después fui a su funeral. Ella se cortó las venas, no aguantó más, los antidepresivos no fueron la solución. Su hermana me dijo que Lucía siempre me había amado, pero que prefería verme feliz que sufriendo a su lado. A veces las mujeres son muy idiotas. En cuanto llegué a mi casa me quedé a oscuras, mirando fijamente la luz de esa veladora que encendí. En algo tenía razón Lucía: es fácil dejar de confiar en la humanidad. Una verdad tan fría como una navaja.

 

Manual para canallas

Roberto G. Castañeda
El Universal
Jueves 04 de diciembre de 2008

 

© Candidman
Diciembre 4, 2008.

 


• Victoria y soledad •

© Candidman

Me busqué en Google y hallé 174 referencias. No me he registrado en Myspace, ni tengo liga en Myblog. Sin embargo, algunos lunáticos han hospedado mis letras. No busco trascender, ni ser ejemplo de nada, sólo quiero escribir hasta que me duelan las yemas de los dedos. He llegado a una frontera donde los senderos se bifurcan y a ciencia cierta no sé cuál tomaré, pero no dejaré de caminar porque si no camino me alcanzo. Soy un buscador de relámpagos con demasiadas madrugadas a oscuras. Me cortaron la luz por retraso en los pagos. Me falta liquidez y mis acciones van a la baja. Soy una pésima inversión a futuro. Soy un demonio de bajo perfil y he hablado en el idioma de los ángeles. Me aburren los domingos soleados, bebo en lunes y la resaca me dura tres días. Me he doctorado en cosas demasiado inútiles. Colecciono frases de canciones como si eso le diera sentido a mis días. No me gustan mis rutinas, me ahogo en silencios y me sobran pretextos. Mi vida es un montón de referencias que a muchos no les dicen nada: discos de Blur, carteles de películas viejas, libros de Juan Madrid, una guía de lugares comunes, el aroma de muchas ausencias, mi niñez retratada en blanco y negro, el auto a escala de Meteoro, caricaturas de Don Gato, la cicatriz en mi ceja izquierda, el odio de aquella amante olvidada, mi boleta de la secundaria, la corbata que usé en mi graduación, el maldito libro que no he publicado y el miedo a que los años me vuelvan más blando. Bunbury no lo pudo describir mejor:

“Ya no puedo darte el corazón.

Perdí mi apuesta por el rock and roll.

Perdí mi apuesta.

Es la deuda que tengo que pagar
y ya no tiene sentido abandonar”.

Tengo ojos de diablo y espíritu festivo, pero las sonrisas me son escasas. Soy especialista en levantar barricadas contra los ataques de tristeza, en cavar trincheras para detener los pensamientos suicidas. Soy neurótico y ansioso, voluble y demasiado imperfecto, pero tengo besos que saben a fuego. Soy una canción de Sabina y quiero festejar mi cumpleaños encerrado a piedra y lodo. He conseguido una que otra victoria y he sido derrotado por demasiadas soledades. Ya lo dice Andrés Calamaro:

“Victoria y Soledad son el santo grial
del rock and roll animal.

No son una fantasía
ni son una realidad.

Una sola vez vi juntas,
a Victoria y Soledad
y nos dimos un gran beso
en honor a la verdad…

Victoria y Soledad,
filosofía y realidad,
las amé por separado
pero juntos somos más”.

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Puedo vivir con muy poco, he logrado sobrevivir con menos. Me alcanza con los rezos de mi madre, el amor de mis hermanos, la pasión por mis hijos Patricio y Emiliano, los besos que he dado, el fuego que me quema en mis noches de delirio, los sueños que no he empeñado, el escaso talento que me salva de ser un idiota, la promesa de una mujer que llegará tarde o temprano. He construido una fortaleza que me protege de los enemigos que nunca están a mi altura. Soy un mal hijo, un pésimo hermano y peor padre. Quiero morir satisfecho, así que aún no está cerca el momento. Me basta una rola de Los Fabulosos Cadillacs para bailar solo. Danzar bajo la lluvia me ha liberado. Cantar en la regadera me hace sentir patético. Hablar con el espejo es un ejercicio cotidiano. Me odio por ser tan duro, me maldigo por llorar en silencio, me quemo de ganas por dejar este infierno y mis bestias aúllan si no las alimento. Demasiada poesía para un tipo tan poco romántico. Tengo un mensaje en el buzón de mi teléfono: es mi propia voz y suena extraña, es un consejo que nunca atiendo. Tengo frío y tengo sueño, tengo anhelos y me falta afecto. Soy un corazón en el congelador. Soy un idiota, soy un pendejo y aún así me quiero. Soy auténtico y soy decadente, como escribiría Jorge Serrano:

“Sigo con el hacha afilada
y media sonrisa clavada,
porque el ruido me llama
y no quiero quedarme con ganas…

Quiero ser un pendejo
aunque me vuelva viejo,
que no se apague nunca
lo que llevo adentro”.

Sí, en definitiva, me alcanza con poco para celebrar. No quiero pastel de cumpleaños. Me basta con un abrazo, con que alguien me recuerde, con los rezos de mi madre y la mirada de mis hijos, y la sonrisa de mis escasos amigos. Esta noche beberé para festejar que no he vendido mi alma, que no he empeñado mi dignidad, ni he besado los pies de nadie. Esta noche me embriagaré igual que hace un año y me prometeré cosas que quizá nunca cumpliré. Soy todo espíritu, soy la rabia de mi adolescencia, la alegría de mi niñez, el equilibrio de mi madurez y la locura de todos los Robertos que hay en mí. Cantaré alguna canción de Sabina o de Soda Stereo, encenderé una veladora a San Judas Tadeo y me repetiré la misma mentira de todos los años: la juventud se resiste a abandonarme.

 

Manual para canallas

Roberto G. Castañeda
El Universal
Jueves 27 de noviembre de 2008

 

© Candidman
Noviembre 27, 2008.

 


• Cicatrices en las alas •

 

© Candidman

“Te lo dije”,  soltó Fabiola, “te lo dije”, repitió. Y Jazmín era lo último que deseaba escuchar. “Ora-que-voy-hacer, manita”, soltó un sollozo. “Mi mamá me va a matar”, añadió Jazmín. Y no, su madre no la iba a matar, pero se presagiaba lo peor. A sus 19 años, la muy tonta estaba embarazada y su novio era un patán. Ella lo sabía, pero no esperaba una respuesta como aquella cuando le dijo que tenían un problema: “¿Tenemos? Es muy tu pedo, eso te pasa por pendeja”, soltó el idiota antes de dejarla con los ojos a punto de llover, “así que mejor ahí muere”. Como si Jazmín hubiera sido la única caliente, como si ella se hubiera metido a su cuarto desnuda con un cartel que decía “soy toda tuya, úsame y deséchame”. De hecho, la chica le advirtió que no podían hacerlo sin condón. “No hay pedo, no pasa nada”, él no quería detenerse. Sí, ambos lo disfrutaron, pero ahora quien lo sufría era ella. Fabiola le había advertido que Jonathan eran un cabroncito, “no mames wey, no seas  pendeja, ese ojete anda con la Karina”.  Jazmín estaba entusiasmada: “me dijo que la va a dejar, que quiere andar conmigo”. Obvio, Jonathan no dejó a Karina y sólo quería acostarse con Jazmín. La chica intentó hacerse la difícil, pero le faltaba malicia. Terminó en la cama. Y ahora estaba embarazada. El mundo parecía girar en su contra. Todos los miedos se asomaron por sus ventanas y todo indica que no hay salida de emergencia. Hija de padres divorciados, con una madre que debía trabajar horas extras, Jazmín tenía que cuidar a sus hermanos, hacer la tarea, pasar los exámenes con nueve para conservar su beca, y encima lidiar con la carencia de afectos. Cuando Jonathan le regaló el peluche con el uniforme de los Pumas, ella se emocionó igual que un niño que recibe un  X-Box 360 en su cumpleaños. Por supuesto, aceptó ser la novia y luego las caricias y el fuego y aquel dolor de las primerizas en la cama. Se acostaron dos o tres veces, hasta que ella comprobó que estaba embarazada. Los sollozos no serán suficientes para sanar su angustia. Demasiadas cicatrices en las alas, suficientes para querer lanzarse de la azotea, las necesarias para llorar en silencio, queriendo que aquello no le estuviera pasando a ella. Las canciones de Zoé le parecieron más tristes que nunca. Sus muñecas quedaron en el olvido. Y Jazmín se preocupa porque decepcionará a su madre, sin darse cuenta que se ha defraudado a sí misma. Si no hubiera hecho esto, si le hubiera hecho caso a su  amiga, si no hubiera ido a esa fiesta. El hubiera no existe, es una quimera.  Lejos, muy lejos, se oye la voz de un cantautor que entona con melancolía:

“¿Nunca te pasa que el techo te aplasta?,
¿que eres una broma que te hace reír?,
¿que vas por las calles de tus caprichos,
más solo que un puercoespín?.

Somos carne, hueso y corazón,
cachivaches del tiempo.

Y no se puede ser serio, no,
si Dios tiene Alzheimer”.

Y una lágrima nueva desencadenará otra vez el llanto.

>>>

Leticia se desmaquilla con desgano. Su blusa desabotonada deja asomar unos senos firmes, que apenas caben en el sostén blanco. Sus ojos almendrados lucen opacos. Apenas son las nueve de la noche, pero ella tiene ganas de tirarse en la cama y despertar hasta mañana. Si no fuera porque Fernando no tarda en llegar y hay que prepararle la cena, ya estaría hasta en pijama. Apenas tiene 25 años, pero Leti se siente como una señora más grande, con una vida ordinaria, con la rutina sentada a la mesa, dando vueltas en la lavadora o en cada arruga que es planchada. Atrás quedaron los años en que soñaba con terminar la carrera de contaduría, porque se enamoró como una tonta del más guapo de sus compañeros. Los dos dejaron la escuela y se escaparon un fin de semana a Guanajuato. De regreso ella no tuvo cara para enfrentar a sus padres, así que se fueron a vivir con sus suegros. Allí llevan cinco años. Su marido trabaja de asistente en un despacho. Ella es secretaria de un funcionario. Lo que ganan entre ambos no alcanza para vacaciones, ni para pagar en abonos un departamento. Apenas tienen para completar la mensualidad del coche. No es el cansancio lo que la abruma, sino el desencanto. Ya no está tan enamorada y la pasión quedó arrumbada en el armario. Además, en la oficina hay un licenciado que siempre le tira la onda y le parece guapo. “Aunque sea casado, yo sí me lo tiraba”, le comentó el otro día una de sus compañeras. Leticia se sorprendió al sentirse ruborizada. Ya son dos las veces que sueña con él y despierta humedecida por el deseo. Una madrugada incluso se despertó agitada. Abrió los ojos en la oscuridad de la recámara. Sintió escalofríos, extrañó un abrazo cálido y se desanimó al escuchar los tenues ronquidos de Fernando. Se sintió vulnerable, igual que un ciego atravesando la calle, como aquella niña que perdió a su mascota en el parque. Desde entonces sueña que hace el amor con un hombre distinto cada noche. Y le encanta. Sus deseos han llegado a una frontera donde nunca te piden pasaporte.

 

Manual para canallas

Cicatrices en las alas
El Universal
Jueves 20 de noviembre de 2008

 

© Candidman
Noviembre 20, 2008.

 


• Roberto G. Castañeda – El mayor de los canallas •

 

© Candidman

Esta semana la revista online “Ventaneando” hace un homenaje a nuestro gran escritor Roberto G. Castañeda – El mayor de los canallas y le realiza una entrevista en la cual revela sus orígenes, su forma de pensar y el porqué de su columna semanal en el diario “El Universal Gráfico” de esta Ciudad de México.

Aquí un extracto de la misma:

Su historia empieza como cualquier otra, nació en Durango pero llegó a la ciudad de México cuando muy pequeño y desde entonces la hizo suya.

Observa con detalle cada palpitar, cada movimiento, cada suspiro y cada despertar con los primeros rayos de luz que la iluminan, como un espectador que mira desde afuera pero que a la vez se mezcla y se vuelve parte de ella para llevarla de una manera casi fotográfica a las letras; es su mejor terapia para no caer en la locura…

“Manual para canallas” columna que ha desatado furor por la honestidad con que revela a las mujeres los mitos de los hombres…

Es grato darse cuenta que este humilde Blog: “Manual para canallas”  a servido de referencia para la misma entrevista al poder apreciarse durante esta algunas imágenes tomadas de aquí, seguramente la popularidad de este escritor continuará en ascenso y aquí seguiremos reseñando su columna cada jueves.

 

Manual para canallas – Roberto G. Castañeda

 

© Candidman
Noviembre 14, 2008.

 


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